En esta imagen de archivo, tomada el 5 de septiembre de 2018, el candidato a la presidencia de Brasil Jair Bolsonaro saluda a sus seguidores en un acto de campaña en el vecindario de Ceilandia, en Brasilia, Brasil.
En esta imagen de archivo, tomada el 5 de septiembre de 2018, el candidato a la presidencia de Brasil Jair Bolsonaro saluda a sus seguidores en un acto de campaña en el vecindario de Ceilandia, en Brasilia, Brasil.

Hace apenas dos meses, pocos brasileños más allá de los más fervientes seguidores de Jair Bolsonaro creían que el congresista de ultraderecha tenía opciones realistas de convertirse en el próximo presidente de Brasil.

El expresidente Luiz Inácio Lula da Silva había encabezado las encuestas durante un año a pesar de una condena por corrupción y de su ingreso en prisión en abril.

Aunque Bolsonaro siempre estuvo segundo en las encuestas, sus apoyos rondaban el 30% y los analistas señalaron que posiblemente había alcanzado su techo.

Su historial de comentarios ofensivos hacia las mujeres, los negros y los homosexuales, combinado con sus elogios a la dictadura militar (1964-1985) y unos discretos 27 años como congresista crearon la impresión general de que, aunque sobreviviera a la primera ronda de la votación, en el balotaje caería ante casi cualquier rival.

Pero entonces ocurrieron varias cosas que ayudaron a que el excapitán del ejército se coronase como el candidato con más opciones: Bolsonaro fue apuñalado y estuvo al borde de la muerte, las coaliciones tradicionales de izquierda y derecha colapsaron, y se hizo evidente que las redes sociales sustituyeron a la televisión como la fuerza más dominante en las elecciones.

Estos eventos podrían haber aumentado el hambre de los brasileños por un cambio radical tras años convulsos que derivaron en malestar hacia la clase gobernante.

​​En la primera ronda de las presidenciales, celebrada el 7 de octubre, Bolsonaro obtuvo un resultado mucho mejor de lo esperado: recibió el 46% de los votos frente al 29% de Fernando Haddad, del Partido de los Trabajadores. Las encuestas previas al balotaje del domingo apuntaron que Bolsonaro tendría una intención de voto del 56%, frente al 42% de su rival.

En este tiempo, las sencillas promesas de Bolsonaro de atajar la corrupción y la elevada criminalidad con fuerza bruta han calado en una población hambrienta de nuevos enfoques.

″¿Cómo llegó Donald Trump a ser presidente de Estados Unidos?”, dijo Carlos Manhanelli, especialista en marketing político y presidente de la Asociación Brasileña de Consultores Políticos. “Esto es básicamente lo mismo. Bolsonaro habla a la mente de los votantes. No está preocupado por ser políticamente correcto”.

Iniciada hace cuatro años, la investigación sobre los sobornos a políticos por medio de contratos de construcción inflados derribó a muchos de los grandes nombres de la élite del país, incluyendo a Lula, que fue condenado por intercambiar favores con el Grupo OAS por la promesa de un departamento en primera línea de playa.

El Partido de los Trabajadores, que gobernó el país entre 2003 y 2016, nunca admitió totalmente sus errores ni miró más allá de Lula como su estandarte. En su lugar, sostuvo que la condena al exmandatario era parte de una conspiración entre los partidos de derecha y el sistema judicial para impedir que se presentase a los comicios.

Pese a que la resolución del tribunal electoral del 1 de septiembre que vetaba la candidatura de Lula se esperaba desde hacía tiempo, la formación no presentó a su relevo, Haddad, sino hasta el 11 de septiembre, cuando faltaba menos de un mes para la primera vuelta de las presidenciales.

Mientras los 13 candidatos intentaban buscar el impulso definitivo, la campaña electoral quedó en suspenso el 6 de septiembre, cuando Bolsonaro fue apuñalado durante un acto en Juiz de Fora, una pequeña ciudad a 200 kilómetros (125 millas) de Río de Janeiro.

El sospechoso detenido, Adelio Bispo de Oliveira, parece que actuó solo y tenía problemas psiquiátricos. Según la policía, dijo que atacó siguiendo la orden de Dios.

Para Bolsonaro, la dramática experiencia dio un gran empujón a su causa. Aunque estuvo hospitalizado tres semanas y ni pudo hacer campaña en la calle, su odisea copó la cobertura mediática. Esto fue especialmente importante para un político que tenía apenas unos segundos en televisión gratis al día.

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En lugar de tener que debatir o defender sus ideas, Bolsonaro se quedó en su cama de hospital y siguió abordando los temas de su campaña en Facebook Lives y Twitter.

Más allá de las numerosas publicaciones y tuits diarios de Bolsonaro y sus tres hijos mayores, todos ellos políticos, desplegó una gran campaña a través de la aplicación de mensajería WhatsApp. En las últimas semanas, los brasileños han sido bombardeados con mensajes que elogian a Bolsonaro y condenan a Haddad, a menudo realizando afirmaciones escandalosas.

En este proceso, la campaña de Bolsonaro podría haber incumplido las leyes de financiación electoral. Un reporte de investigación del diario Folha de Sao Paulo afirmó la semana pasada que empresarios amigos del candidato estaban financiando la campaña en WhatsApp, lo que derivó en una investigación del tribunal electoral.

Bolsonaro ha respondido desde entonces con el tipo de tuits y videos agresivos que gustan a sus seguidores.