Conmovedor, emotivo, histórico. Con Rafael Nadal los adjetivos nunca parecen ser suficientes.

El tenista español  alcanzó la cima del tenis mundial en Nueva York, al convertirse, con apenas 24 años, en el jugador más joven en ganar los cuatro grandes torneos mundiales.

La victoria del número 1 del mundo sobre el serbio Novak Djokovic en la final del Abierto de Estados Unidos, en un partido que tuvo de todo, hasta interrupciones por la lluvia, sumó otra página de gloria para un deportista que, en el punto más alto de su carrera, ya es una leyenda.

El resultado, 6/4, 5/7, 6/4, 6/2, sería apenas una anécdota, sino fuera porque el serbio le ganó a Nadal el único set que cedió en todo el torneo, al regresar del la suspensión por la lluvia, en una final electrizante, jugada con un tenis de extraordinario nivel.

El abierto de Estados Unidos, en Flushing Meadows, en Nueva York, fue el último grande para Nadal, el que se le resistió por los últimos seis años. Pero finalmente, el estadio más grande del mundo de tenis, el Billie Jean King de Nueva York, y su extraordinario público también celebraron al campeón.

Antes ya se habían rendido Roland Garros en París, donde ganó en cinco oportunidades. La catedral, Wimbeldon en Londres, que ya ha ganado dos veces. Y el Abierto de Australia, en Melbourne, donde ganó una vez.

El tenista de Manacor se suma a una selecta lista de apenas siete elegidos en toda la historia. Ahora, el nombre de Rafael Nadal, se ubica al lado de Fred Perry, Donald Budge, Roy Emerson, Rod Laver, Andre Agassi y Roger Federer.

Sin embargo, nunca nadie en los tiempos modernos lo había logrado a tan temprana edad.

Y menos aún, nadie había ganado en el mismo año, nunca, el Grand Slam sobre polvo de ladrillo, venciendo en Montecarlo, Roma, Madrid y París, para después completar el Grand Slam de los cuatro grandes.

Sin embargo “el animal”, como con admiración muchos describen a Nadal, por su carácter, temperamento y determinación, parece no tener límites.

Nacido para jugar en polvo de ladrillo donde es el rey indiscutido y donde ya ha ganado todo, hizo una progresión extraordinaria pasando por el césped británico de Wimbeldon y Queens, donde también ha ganado, hasta las superficie duras.

Australia fue su primera demostración de que podía domar también las pistas rápidas de cemento.

Sin embargo, tras las duras temporadas europeas de polvo de ladrillo y césped, nunca había conseguido, hasta ahora, buenos resultados en Norteamérica.

Algunas victorias en Canadá, los éxitos alternados en el desierto de Indian Wells en California o en la humedad de Miami eran todo. Pero Nueva York, parecía no estar hecha para él.

Finalmente, en 2010 Nadal desembarcó fuerte como nunca. Mental y físicamente intocable, y ostentando el número 1 del mundo, llegó a la final sin ceder un solo set en todo el torneo y en permanente evolución.

Su tenis no presume de preciosidad alguna. Nadal es “furia pura”. El “toro de Osborne” en su versión humana.

El derecho al que el tío Tony Nadal, su entrenador de toda la vida, convirtió en zurdo, para dotarlo del revés a dos manos y el passing-shot más temido del circuito.

Aquel chico de pelo largo, bermudas por debajo de la rodilla y remeras sin mangas, y con un físico privilegiado, que comenzó volviendo loca a España, al conducirla con apenas 17 años a vencer la Copa Davis contra Estados Unidos, ya es uno de los mejores de la historia.

Su nobleza en el esfuerzo, en la forma en que se prodiga en la cancha, la explosión de sus piernas para llegar a pelotas inalcanzables, las devoluciones imposibles, la defensa inagotable, el asalto final impiadoso cuando el rival muestra alguna debilidad en los momentos decisivos, lo han convertido en un campeón único, irrepetible.

Y Djokovic lo sufrió en carne propia, incapaz de recuperarse del esfuerzo físico de la semifinal. Hace tres años en Wimbeldon, Nadal estuvo en la misma situación, sin embargo sometió a Federer a la final más larga de la historia y lo terminó quebrando.

El grito de “¡¡¡Vamos!!!” con el que más que celebrar desafía a las contrariedades del juego y al propio rival cada vez que las cosas no van bien, es ya, no solamente un sello de su coraje, sino también una marca registrada que ha superado lenguajes y que muchos tenistas profesionales y amateurs en todo el mundo imitan, casi como un grito de guerra.

Nadal el humilde. El chico siempre rodeado por la familia grande. El amigo de sus amigos sin edad. El profesional de la palabra justa, del inglés siempre faltón y del acento de manacor que se mezcla en el inglés con el que se abre puertas en el mundo, y con el francés que prometió aprender  y aprendió.

Rafa, el de las victorias heroicas y las derrotas gallardas.

Estoico y humano cuando sus rodillas le han marcado los límites.

Implacable y sobrehumano cuando su extraordinaria naturaleza física lo eleva a un pedestal inalcanzable para el resto del mundo del tenis.

Pero incluso para Rafael Nadal, el que lo ha conseguido todo, hasta la medalla de oro de tenis para su amada España, siempre hay un desafío más.

En enero del 2011, en Australia, tendrá la increíble oportunidad de ratificar su reinado, y de ganar, acumular los cuatro grandes en forma consecutiva.

Una hazaña de tamaña naturaleza en los tiempos modernos parece imposible, pero para un fenómeno todo es posible, y Rafael Nadal es ese fenómeno.