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Desde Putin hasta Bismarck, los autócratas le temen a los gérmenes


El presidente ruso, Vladimir Putin, envía un mensaje por la Pascua ortodoxa en la residente Novo-Ogarevo, en las auferas del Moscú, Rusia, donde se encuentra recluído para protegerse del coronavirus.

El líder ruso, Vladimir Putin, está tomando precauciones más estrictas que la mayoría de sus homólogos alrededor del mundo para evitar contraer el coronavirus.

El portavoz del Kremlin, Dmitry Peskov, confirmó esta semana que cualquiera que deseara ver al presidente ruso tiene que caminar por un futurista “túnel desinfectante” en el que son esprayados con una niebla de aerosol. En abril, se confirmó que quien quisiera ver a Putin tenía que previamente tomar un examen para detectar un posible contagio.

La cámara, fabricada por una compañía del pueblo ruso de Penza, fue instalada en el pueblo de Novo-Ogaryovo, al oeste de Moscú, donde el líder ruso se ha retirado casi a tiempo completo luego que algunos de sus funcionarios dieron positivo al coronavirus, incluyendo al primer ministro, Mikhail Mishustin y Peskov. Putin hizo una breve aparición la semana pasada, la primera en semanas.

La eficacia del túnel, que tambien emite rayos ultravioletas, es dudosa, según la Organización Mundial de la Salud. Hay reportes de prensa que aseguran que cámaras similares de desinfección están siendo usadas en Beijing.

La Organización Mundial de la Salud dice que dichos túneles o cámara son potencialmente peligrosos pues los usuarios pueden inhalar químicos desinfectantes en forma de aerosol. El organismo mundial dice que cualquiera que entre en ese túnel puede aún transmitir el virus “tan pronto empiece a hablar, a toser o estornudar”.

Aún así, Peskov le dijo a los periodistas el miércoles que “precauciones adicionales son justificables y comprensibles cuando se trata del presidente”,

Pero algunos comentaristas señalan que el presidente ruso siempre ha aparentado ser extremadamente cauteloso con su salud, una contradicción con los alardes de sus proezas físicas durante las cuales a Putin le gusta ser filmado.

Aún antes del inicio de la pandemia del coronavirus, él en una ocasión fue filmado reprendiendo a ministros por toser, exigiendo saber por qué habían llegado a trabajar enfermos. En noviembre, regañó a su gabinete en pleno tras ser informado que solo tres de los ministros se habían vacunado contra el resfrío.

"Tres personas, o cuatro si me incluyen a mí”, dijo Putin. “Contraer un resfrío es dañino. Pudieron haberlo evitado, pero no lo hicieron”, espetó el presidente ruso.

'Necesidad de controlarlo todo'

Tomar precauciones, desde frecuentes lavados de mano hasta el distanciamiento social, es una cosa. Recluirse detrás de un túnel futurista es otra, dice el sicólogo Frederick Coolidge, un profesor de la Universidad de Colorado que ha estudiado los rasgos personales de líderes autócratas.

"Ellos tienden a tener un miedo excesivo a la muerte o una infección”, dijo Coolidge. “Temen perder el control, temen perderlo todo y tienen una necesidad de controlarlo todo. Y no siempre son razonables al respecto”.

No es inusual preocuparse por gérmenes y hacer lo posible por evitar infecciones. Pero los extremos de las fobias que el presidente ruso ha mostrado, generan comparaciones con autócratas anteriores, dijo Coolidge. Incluyendo a uno de los antecesores de Putin, Josef Stalin.

En su libro publicado en el 2003, Stalin: La Corte del Zar Rojo, el historiador Simon Sebag Montefiore, describió al dictador comunista como un hipocondriaco que decía padecer síntomas de numerosas dolencias, incluyendo psoriasis y dolores reumáticos en su brazo deformado. Su hipocondría y temor a la muerte, por causas naturales u otras, resultó en el infame “Complot de los doctores”, en el que un grupo de médicos judíos fueron arrestados y acusados de conspirar para asesinarle.

El dictador alemán del Siglo XIX, Otto von Bismarck, también era excesivamente preocupado por su salud y sufría de hipocondría. Consideraba intolerable cualquier oposición a su “voluntad soberana” fuese en forma humana o de gérmenes, según su biógrafo, Jonathan Steinberg.

Culpando a fuerzas malévolas

Y cuando las enfermedades han llegado, algunos autócratas han instintivamente culpado a fuerzas malévolas, humanas o de otro tipo.

Hugo Chávez, el fallecido dictador venezolano, creía que el cáncer que terminó matándolo no se debía a mala suerte o genética pobre, sino que fue resultado de una conspiración de la Central de Inteligencia Americana (CIA).

"Es muy difícil explicar, aún con la ley de probabilidades, lo que nos ha estado pasando algunos en Latinoamérica”, dijo en un discurso antes de su muerte. “¿Sería extraño que hayan inventado tecnología para contagiar el cáncer y que no lo supiéramos durante 50 años? Sólo estoy compartiendo mis pensamientos, pero es muy, muy, muy extraño”.

El dictador de Uganda, Idi Amín, reaccionó furioso cuando su hijo se enfermó de un mal estomacal. Su primera reacción fue pensar que el niño había sido envenenado. Irrumpió en las cocinas de su palacio, y puso una pistola en la cabeza del primer cocinero que encontró y amenazó: “si el niño muere, te voy a matar”, según un cocinero entrevistado por el periodista polaco, Witold Szablowski para su reciente libro, “Cómo alimentar a un dictador”.

Un exoficial del Kremlin rechaza las comparaciones y dice que como jefe de Estado, deben tomarse todas las precauciones para proteger a Putin. “Mejor eso”, afirmó, “que seguir el ejemplo del primer ministro inglés Boris Johnson. El estaba estrechando manos con todos, y miren lo que casi le pasó”.

En abril, Johnson dijo casi haber muerto tras contraer el coronavirus.

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