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Un refugio boliviano salva a los animales del tráfico y la extinción


Agroflori, un refugio para especies silvestres y en peligro de extinción. [Foto VOA/Fabiola Chambi].

La caza ilegal y el tráfico de especies mueve miles de millones de dólares en el mundo, un negocio en crecimiento. En Bolivia, a pesar de la pandemia del COVID-19, sigue en pie una esperanzadora iniciativa.

Golpeados, con las alas cortadas, ciegos y en muchos casos agonizando. Así llegan muchos animales a Agroflori, un refugio para especies silvestres y en peligro de extinción, ubicado en Cochabamba, en el centro de Bolivia.

Este bioparque nació hace casi 30 años gracias a la iniciativa de Marcelo Antezana, su fundador y director, quien en esta oportunidad, recibió al equipo de la Voz de América para explicar el trabajo que realizan.

“Empezamos a acoger a todos los animales que son rescatados de tráfico, de maltrato y de denuncias porque no se los puede tener de forma privada", explica. "Lo que estamos haciendo es darles una segunda oportunidad de vida ya que en su mayoría no pueden volver a su hábitat”.

Un grupo de flamengos reposa en el refugio Agroflori. [Foto VOA/Fabiola Chambi].
Un grupo de flamengos reposa en el refugio Agroflori. [Foto VOA/Fabiola Chambi].

Según datos oficiales del 2019, en Bolivia hay 70 especies de animales silvestres en riesgo por el mercado ilegal. Son requeridas como mascotas, para su uso en medicina tradicional, para los trajes típicos de las danzas o como amuletos.

Sobre este último punto, Antezana recuerda que uno de los casos más dramáticos que le tocó atender fue el de un zorro andino al que le habían cortado su cola para practicar un ritual con la creencia de que le daría cualidades extraordinarias a un hombre. Luego lo arrojaron a un basurero casi muerto.

Cuando lo llevaron a Agroflori pensaron que no iba a poder sobrevivir, pero se logró. Aunque come bien y se ve saludable, vive aislado porque no tiene posibilidades de volver al entorno silvestre.

La mayor población refugiada en Agroflori son loros de diferentes tipos y tamaños, que son comercializados ilegalmente para tenerlos como mascotas y terminan siendo maltratados por las condiciones en las que los mantienen. Pero sin importar cómo lleguen, siempre tienen un espacio en el refugio, dice Antezana.

Alrededor de 2.200 animales están en Agroflori en este momento, 1.000 son silvestres y el resto exóticos. Parabas de frente roja, faisanes, tucanes, pavos reales, flamencos, pavas del monte, tortugas, boas, águilas, zorros, cientos de loros y un ocelote, son algunas de las especies que fueron rescatadas de la crueldad humana. Sin embargo, menos del 10% retorna a su hábitat.

Según el National Committee of the Netherlands, debido a su geografía, Bolivia es blanco de grupos organizados que lucran con el tráfico de animales silvestres.

Por otro lado, un reciente informe de la Plataforma Intergubernamental Científico-normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (IPBES) indica que el “tráfico ilegal de especies es uno de los principales factores de riesgo para la aparición de nuevas enfermedades, lo cual tiene cierta relevancia en una coyuntura pandémica como la actual”.

“Tenemos que trabajar más en educación ambiental y a través de esto enseñar a la humanidad de que si no nos ponemos ahora las pilas el futuro va a ser muy triste. Si no tomamos acciones estos animales podrían desaparecer y solo serán el recuerdo de una noticia que salió en un medio”, reflexiona el director del refugio.

La difícil subsistencia

Aunque el amor por los animales es el gran motor de motivación de Marcelo Antezana y su equipo de trabajo y voluntarios, la realidad – más aún luego de la cuarentena por la pandemia– ha puesto a prueba su fortaleza para seguir manteniendo este bioparque.

Sin embargo, los gastos son exorbitantes: unos 500 dólares semanales solo en comida para los animales, sin contar los sueldos de los trabajadores y la atención veterinaria, aunque en su mayoría se da por solidaridad de algunos profesionales.

Para lograr subsistir, Agroflori recurre a las donaciones y también a visitas que les ayuda a generar algunos ingresos. Julián Gamboa, un joven que llegó hasta el lugar, destacó la importancia de este centro. “Estar aquí ha sido una experiencia increíble, ver a los animales genera consciencia ya que muchos han sido rescatados y tratan de rehabilitarlos”, dice.

Los sueños

En febrero de este año se concretó uno de los proyectos anhelados de Marcelo Antezana: la “Voladera”, un espacio de conservación y rehabilitación para la especie paraba frente roja, que está en peligro crítico de extinción.

Como si fuera un coro coordinado y muy sonoro, las aves vuelan, comen y disfrutan porque, en 400 metros cuadrados y a una altura de siete metros, el ambiente recreado con elementos de su hábitat les da la sensación de libertad.

El próximo paso es tener un espacio exclusivo para los monos con todas las condiciones que requieren. La meta es lograrlo en un par de meses.

Pero Marcelo piensa en grande. Su mayor sueño es que Agroflori se convierta en un centro científico en el que se pueda reproducir animales en peligro de extinción y luego integrarlos a su hábitat natural, y que sea un referente de enseñanza a nivel mundial.

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