Josefina Kingler, lideresa social colombiana
Josefina Kingler, lideresa social colombiana que trabaja por el pacífico de su país. [Foto: Cortesía Corporación Mano Cambiada]

BOGOTÁ - Hablar con Josefina Klinger es como asistir a una terapia de conciencia, donde la energía positiva y el empuje flotan en al aire.

Esta colombiana nació en Nuquí, una población vulnerable ubicada en Chocó, en el pacífico colombiano. Salió de su tierra muy joven buscando “mejores oportunidades” y sin esperanza de regresar. Se había configurado un imaginario -como el de sus paisanos- de que todo era pobreza:  “...que el que se quedara ya estaba condenado a no valer y a no ser aceptado frente al resto de la humanidad”, explica.

Su infancia transcurrió entre Nuquí, Panguí, Bahía Solano y Quibdó, ciudad a la que llegó a los 7 años. A los 18, se convierte en madre y después de vivir en Puerto Berrío y Medellín, regresó a Quibdó y, más tarde, a Nuquí.

Allí empezó a vivir irregularidades en carne propia que la llenaron de valentía o quizás de rebeldía para ir forjando un liderazgo y darle voz a aquellos que no la tenían en esa época.

A sus 26 años, se dio cuenta “de que la gente no sentaba posturas, que la gente no hablaba de frente, que les daba como miedo, claro…  y la gente estaba castigada. El que hablaba tenía una sanción social, porque al que estaba desafiando era el político de turno o era el docente que tenía todo el poder”, le contó esta chocoana de 57 años a la Voz de América.

Comenzó sus estudios de administración de empresas turística en Medellín, pero no pudo terminar. Y tras dolencias personales y de salud, desde finales de 1999, creó semilleros de paz, lideró grupos prejuveniles y juveniles, en Nuquí. Tras vivir, de nuevo, en Bogotá y Quibdó, empezó a materializar un gran sueño: trabajar por y con su comunidad.

 

Josefina Klinger, lideresa colombiana, junto a la comunidad. [Foto: Corporación Mano Cambiada]

El sueño

Fue en el 2006 cuando nació la Corporación Mano Cambiada, como respuesta a todas las inquietudes del liderazgo que Josefina empezó a tener y al visionar la utilidad del territorio al que pertenece.

Este nombre es un concepto ancestral que consistía en intercambiar favores, oficios, principalmente en las prácticas agrícolas y en las mujeres, en los partos y en el cuidado de los hijos. Pero el cual se rompió, dice la lideresa, cuando entra el dinero, el cual califica como la “tragedia”.

“Yo estoy segura que la humanidad entera tiene que volver a entender que el único mediador de las relaciones no es el dinero. Que hay otras formas de hacerlo”, agrega.

Empieza a enfocarse en el tema del turismo, después de que a las comunidades negras se les empezaran a reconocer sus territorios colectivos. “Yo no era activista en la promulgación de la ley, pero una vez llega, considero que es una herramienta súper poderosa para anclar en el territorio lo que realmente soñamos desarrollamos de forma sostenible”, dice Josefina.

Para ella, la fundación nació para institucionalizar ese ideal. “Un día entendí que el liderazgo no se decretaba, sino que se asumía. Porque además hay un círculo vicioso que la gente realmente todavía no elige a líderes sociales, sino que elige a líderes políticos que no siempre tienen la visión integral”.

Permaneció en Bogotá, con 3 hijos, y abrió espacios para que los bogotanos conocieran el tema del ecoturismo comunitario. Cada mes, viajaba su Pacífico.

Así trabaja Mano Cambiada

El ecoturismo es la herramienta de trabajo. A partir de allí, dinamizan la economía. “De nada nos sirve tener el territorio y políticamente discutirlo, si ese territorio no se rentabiliza”, explica la lideresa, pero aclara que siempre respetando los procesos de economía ancestral.

Josefina llama a la selva como la ‘gallina de los huevos de oro’, porque es allí donde están esos recursos que, aclara, “son prestados”, pues hay que heredarlos a futuras generaciones. “Todavía asociamos el agua y la selva con la pobreza y con el atraso", expuso.

"Entonces lo que yo dije es que a mí me habían enseñado a tener siempre a la selva en los pies y decidimos ponernos en la cabeza”, dijo la lideresa a la VOA.

El otro es el tema de fortalecimiento cultural. Aprovechar  “la negrura” como un factor diferencial y mostrarlo como una ventaja.

“Lo que nosotros hemos querido es configurar un modelo donde la biodiversidad sea el activo y la cultura será ese otro atractivo, que complemente esa biodiversidad”.

Además de mejorar los liderazgos y blindar a las futuras generaciones, trabajan para dejar de verse inferiores, y para trabajar la par con el estado, empresas privadas y organizaciones no gubernamentales.

El tema de género o el tema de equidad es transversal: “Nuestra marca es un rostro, una mujer negra con la selva en la cabeza, porque eso quiere decir para nosotros inclusión”.

En 2008, decide regresar para asumir el reto de administrar los servicios turísticos en el Parque Nacional Natural Utría. “Ese ejercicio es bastante desafiante -comenta-, pero creo que si se sigue puliendo se puede convertir en un referente para el mundo”.

Josefina Klinger, la creadora de un modelo de ecoturismo comunitario en Chocó, fue ganadora del premio Mujer Cafam 2015, reconocimiento que se otorga en Colombia a mujeres que entregan su vida a una obra. Gracias, a este, dice, su lucha se hizo más visible.

Un país que duele

Para esta lideresa, la guerra del mundo, especialmente en su país, “no es política, es territorial”.

“Y los que tenemos visiones diferentes en territorios diferentes y ricos, hoy tenemos que ser corridos porque a otros la necesitan para hacer desarrollo, que van por fuera de lo que nosotros soñamos”, enfatiza.

Afrima que la mayor tragedia “es que van a seguir habiendo personas con intereses distintos a la cosmovisión que tiene el campesino en el territorio”. Una visión que, quizás, es causa hoy de las amenazas que la persiguen.  

“Muy complejo aceptar que estoy con una amenaza que me impide volver al territorio de forma tranquila. Me ha dado más difícil de lo que creí. Y estoy en ese proceso de asimilarlo. Pero también con mucha gratitud, porque creo que nada pasa por casualidad”, indica.

En Colombia, según la ONU, los asesinatos de defensores de derechos humanos aumentaron un 23%, comparado con el 2019, pues al menos 133 fueron asesinados en 2020.

La visión de Josefina sobre el tema, a pesar de lo delicado, es positiva, pues aspira “a que esto sea la oscuridad, porque va amanecer”.

“Nos asustan, nos asustan las comunidades, nos matan nuestros líderes, nos amenazan a unos, matan a otros y lo que hace la gente es paralizarse”, afirma.

Pero cree que el problema también radica en normalizar la muerte y no invertir en los jóvenes: “Yo soy de las que creo que a la par que tú vas y apoyas un proyecto de adultos, deberías apoyar un proyecto con niños, porque con toda seguridad que necesitamos nuevos líderes y mucho más ahora que nos están matando”.

Es más, dice que una de las causas de su felicidad es cuando ve jóvenes que hoy están estudiando carreras afines distintas a las que tradicionalmente les han inculcado, afines con la realidad territorial. Y, cuando hace el festival de la migración, y ve a niños de 7 años preguntando si ya van a cumplir 8 para poder ir al Parque Nacional Natural Utría. “Verlos enamorados de su biodiversidad y creciendo con esa configuración a mí eso me hace infinitamente feliz”.

Y bueno, sigue soñando con un mejor país, donde, para ella, la principal tragedia es "la corrupción”. “Todas las otras manifestaciones de violencia  para mí son consecuencia, no la causa”, agrega.

Por ahora, Josefina dice que quiere seguir apostándole al tema de nuevos liderazgos, sobre todo con niños y jóvenes. “Mi sueño es poder incidir dentro del territorio y yo creo que ya afuera del territorio” y, a la par, crear un centro tecnológico, y hacer alianzas con no solo con instituciones públicas, también con privadas.

“Si hacemos alianza pública privada y Estado, yo creo que salen cosas súper maravillosas”, puntualiza.

El Mundo al Día