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Tres postales de Caracas: oficios antiguos que sobreviven en Venezuela 


Con una caja de madera a cuestas con una rueda de amolar, José Martín, de 27 años, carga con la tradición familiar. [Foto: VOA]

El avance de la tecnología o la crisis han hecho que muchos oficios hayan desaparecido o estén vía de extinción en Venezuela, como en el resto del mundo.

El afilador de cuchillos, el lustrador de zapatos: muchos oficios en Venezuela, como en el resto del mundo, están en peligro de desaparecer por la crisis o por el avance de la tecnología, pero hay personajes que luchan hasta el final por preservarlos.

“El amolador”

Un afilador ambulante que recorre las calles con una especie de flauta, cuya breve melodía es tan característica en el país que nadie la confundiría con otro comerciante.

José Martín, amolador de 27 años
José Martín, amolador de 27 años

Con una caja de madera a cuestas con una rueda de amolar, José Martín, de 27 años, carga con la tradición que su abuelo le enseñó a su padre y a sus tíos, y que luego él aprendió.

“Mi abuelo me decía que (el oficio) lo aprendió de un árabe, que él trabajaba primero con un árabe y él aprendió del árabe”, dice José a la Voz de América, mientras está sentado en su cajón.

Tres oficios antiguos que sobreviven en Venezuela
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Desde los 15 años se ha dedicado a preservar este oficio, que para él es una “herencia familiar”, que no cualquiera puede hacer. “Son piezas delicadas y eso es un truco que nosotros sabemos (...) tú puedes comprar la maquinita y broma… pero eso tiene un truco”, apunta.

José Martín, amolador de 27 años.
José Martín, amolador de 27 años.

Afila desde cortaúñas, tijeras, cuchillos, licuadora, pelador de papas, hasta pinzas quirúrgicas, es decir, “todo utensilio que necesite filo”.

José sigue su camino, con el cajón en una mano y la flauta en la boca, tocando la melodía que a muchos remueve recuerdos de infancia.

Al sonar, cuenta la tradición popular, hay que pedir un deseo.

José Martín, amolador de 27 años. 3
José Martín, amolador de 27 años. 3

El lustrabotas

Lo acompañaban más de 30, pero hoy Oswaldo Morgado, de 64 años, quedó solo en un icónico edificio del centro de Caracas: es el único lustrabotas, un oficio que ejerce desde hace 45 años.

Oswaldo Morgado, lustrabotas.
Oswaldo Morgado, lustrabotas.
Oswaldo Morgado, de 64 años, está solo en el oficio en el centro de la capital.
Oswaldo Morgado, de 64 años, está solo en el oficio en el centro de la capital.

Pasó de tiempos en los que casi sin descanso sacaba lustre a los zapatos de transeúntes, incluso de diputados hasta ministros, a largas horas de espera por algún cliente.

“En aquellos tiempos las cosas eran mejores, bueno digo yo, pero nos hemos ido acabando poco a poco”.

En medio del ruido de Caracas, observa cómo ya se ha perdido la tradición.

“La mayoría se fueron y otros fallecieron aquí. El único que quedó fui yo, que tengo ya 45 años aquí (...) De aquí he sacado a mi familia adelante y muchos profesionales y todo”.

Oswaldo Morgado, lustrabotas.
Oswaldo Morgado, lustrabotas.

Y cuestiona: “muchos andan bien vestidos, pero andan con los zapatos sucios”, aunque aclara que “tampoco cargan como para pagar dos dólares”, lo que cuesta el servicio.

“Yo más bien a veces le digo a los clientes: ‘mire, doctor carga los zapatos sucios, hay que echarle una limpiadita’”, dice mientras se ríe.

“‘No, no, después’", le contestan, cuenta.

Oswaldo Morgado, lustrabotas.
Oswaldo Morgado, lustrabotas.

Zapatero… a sus zapatos

“Es un arte, es artesanía, no todo el mundo es zapatero”: Carlos Olivera, de 78, trabaja como zapatero en las calles de Caracas. Aprendió el oficio a sus 14 años.

Carlos Olivera, zapatero de 78 años.
Carlos Olivera, zapatero de 78 años.

“No todo el mundo tiene la esencia de ser zapatero (...) no saben pegar una suela, no saben pegar una tapita (al tacón), no saben pintar un zapato”.

Aunque no cree que el oficio desaparezca, dice que “ha cambiado mucho porque antes era la tachuela y la suela. Ahora todo es goma, todo es costura”.

Carlos Olivera, zapatero.
Carlos Olivera, zapatero.

Olivera puede llevarse a casa unos cinco dólares “en un día malo” y 20 dólares “el día bueno”, que le sirve para “medio comer”.

Carlos Olivera mientras arregla un zapato.
Carlos Olivera mientras arregla un zapato.

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